Etiopía: un viaje de exploración por Danakil, Dallol y Gheralta

Babuino Hamadrías con pelaje grisáceo y cara negra descansando en terreno rocoso árido de Etiopía

En abril de 2026, mi pareja y yo nos embarcamos en un viaje fotográfico de exploración a Etiopía. El objetivo no era volver con una serie de postales bonitas — eso ya sabíamos que lo conseguiríamos — sino algo más práctico y más importante: comprobar en primera persona si el estado actual del país era el adecuado para llevar a clientes en una futura expedición.

Antes de proponerle a nadie que nos acompañe a un destino, necesitamos pisarlo nosotros primero. Dormir en sus carreteras, comer donde come su gente, movernos sin la burbuja de un itinerario cerrado. Así que en lugar de un recorrido turístico, hicimos lo que hacemos siempre antes de abrir un destino nuevo: viajar como viajaría cualquier persona, sin filtros, para ver el país tal y como es.

Vehículo de expedición solitario en llanura desértica árida bajo cielo nublado

Danakil: el lugar más hostil que hemos pisado nunca

Nada prepara del todo para Danakil. Se puede leer sobre ella, ver fotos, escuchar a otros viajeros describirla — y aun así, la primera vez que el calor golpea de verdad, cuando el termómetro roza registros que el cuerpo humano no está diseñado para tolerar durante días seguidos, entiendes por qué esta depresión está considerada uno de los lugares más inhóspitos del planeta. Es dureza en estado puro: polvo, sal, azufre y una temperatura que no da tregua ni de noche.

Y sin embargo, ahí está la trampa hermosa de Danakil: cuanto más hostil es el terreno, más extraordinario es lo que produce. El campo geotérmico de Dallol no parece de este mundo — piscinas ácidas en verdes fosforescentes, amarillos de azufre puro, charcos minerales que cambian de color según el ángulo del sol. Caminar entre esas formaciones con cuidado de no pisar donde no se debe es de las experiencias más intensas que hemos vivido detrás de una cámara.

Lagos ácidos con aguas amarillo verdosas rodeados de depósitos minerales sulfurosos en el volcán Dallol, Etiopía

Desde el aire, con el dron, Dallol se vuelve todavía más incomprensible: canales de río ocre serpenteando la llanura blanca, formaciones de basalto columnar asomando bajo una fina capa de nieve mineral, lagos salados con patrones de evaporación que parecen pintados a mano.

Caravana de camellos cruzando las salinas blancas de Etiopía desde vista aérea
La ruta de la sal

Gheralta: fe y vértigo tallados en la roca

Cambiamos de registro por completo al subir a las tierras altas del norte, hacia los acantilados de Gheralta. Aquí la dureza ya no es el calor, sino la altura y la exposición: construcciones de piedra roja asentadas literalmente al borde del precipicio, senderos estrechos entre gargantas de arenisca que exigen respeto y piernas firmes.

Casa de piedra construida sobre acantilado rocoso en las mesetas de Etiopía, con montañas al fondo

La recompensa de ese esfuerzo es una belleza distinta: la de los espacios sagrados excavados a mano en la piedra, la luz entrando por vanos estrechos, siglos de fe sostenidos en equilibrio sobre el vacío.

Garganta rocosa con acantilados de piedra arenisca y grupo de excursionistas en el fondo, Etiopía

Dos observadores con telescopio profesional en ruinas de piedra roja bajo cielo despejado en Etiopía

La gente: mercados, fe y el día a día que veníamos a comprobar

Pero el verdadero objetivo de este viaje no era el paisaje — era la gente, y si el día a día del país seguía siendo un lugar donde pudiéramos, con responsabilidad, traer a otros viajeros. Y aquí es donde Etiopía fascina de otra manera: mercados tradicionales llenos de vida al atardecer, callejones estrechos con artesanía colgada entre cables eléctricos, sacos de grano apilados y regateo en voz alta.

Mercado tradicional etíope lleno de gente caminando entre puestos y tiendas al atardecer
Mercado de granos en Etiopía con vendedores alrededor de sacos verdes de cereales y productos secos

Subir a Abuna Yemata Guh es, sin exagerar, de las cosas más duras que hemos hecho con una cámara colgada al cuello. No hay escaleras ni pasamanos: se trepa descalzos o con la suela lisa por la roca desnuda, apoyando los pies donde generaciones de fieles han dejado su huella, con un vacío de varios cientos de metros a un lado que no perdona un mal paso. Y sin embargo, es precisamente esa dificultad la que hace que la experiencia se sienta tan auténtica — no hay teleférico, no hay atajo, no hay versión cómoda: solo se llega si de verdad se quiere llegar, igual que ha ocurrido durante siglos. Cuando por fin se alcanza la cornisa y aparece la iglesia tallada en la propia roca del acantilado, el cansancio desaparece de golpe: es un lugar fundamental, casi mágico, de esos que justifican por sí solos un viaje entero a esta región. La recompensa no es solo la vista o el templo en sí, sino haber compartido, aunque sea por una hora, el mismo esfuerzo que exige la fe a quienes suben a rezar aquí cada semana.

Sacerdote etíope sosteniendo un antiguo manuscrito iluminado con iconografía religiosa tradicional
Peregrino etíope con túnica blanca sostiene velas encendidas frente a relieves antiguos en templo
Retrato de anciano etíope con turbante azul y traje oscuro contra pared de tierra ocre

Y también con momentos pequeños y cotidianos que dicen más que cualquier monumento: un guía nuestro enseñándole una libreta a un niño en la entrada de una casa de piedra roja — dos mundos tocándose por un segundo.

Guía mostrando dispositivo móvil a niño etíope en entrada de construcción de piedra roja
Dos mundos tocándose por un segundo

Esa fue, en el fondo, la respuesta que buscábamos: un país duro en su geografía pero profundamente hospitalario en su gente, donde el contacto con las comunidades locales se siente genuino y no montado para el turista.

Fauna: geladas y babuinos en las alturas

El tercer capítulo fue el de la fauna. En las tierras altas conviven los geladas — el único primate del mundo que se alimenta casi exclusivamente de hierba —, con esa melena dorada en los machos que parece sacada de un grabado antiguo. Verlos pastar en manada, sin apenas inmutarse por nuestra presencia, permite un tipo de fotografía de comportamiento que es difícil encontrar en otro lugar del planeta.

Babuino Gelada en habitat rocoso de las tierras altas etíopes entre vegetación seca y piedras

También los gelada, más esquivos, entre rocas y vegetación árida, y un águila posada en un acantilado con un valle agrícola desplegado al fondo — un recordatorio de que, incluso en el paisaje más duro, la vida encuentra su sitio.

Babuino Hamadrías con pelaje grisáceo y cara negra descansando en terreno rocoso árido de Etiopía
Águila posada en acantilado rocoso con valle agrícola al fondo en Etiopía

La pregunta que veníamos a responder

¿Está Etiopía lista para recibir a nuestros clientes? Después de esta semana durmiendo en sus carreteras, cruzando su desierto más hostil y sentándonos a comer donde come su gente, la respuesta que traemos es sí — con los matices que exige un país tan extremo como fascinante. Ha sido, sin lugar a dudas, uno de los viajes de exploración más intensos que hemos hecho: dureza física, belleza que roza lo irreal y una hospitalidad que se siente auténtica de principio a fin.

Rocas gigantes emergentes en llanura desértica reseca al atardecer, con persona explorando y cielo teñido de rosa y naranja
Formaciones rocosas milenarias emergen del desierto etíope al atardecer, invitando a descubrir sus secretos geológicos.

Y todo esto fue, en realidad, solo una parte del viaje. Bajamos también hasta el sur del país, al valle del Omo, entre algunas de las tribus más singulares y menos alteradas del continente — mercados, rituales y encuentros que darían para un capítulo entero por sí solos. Pero esa es otra historia, ligada a otra expedición que, por supuesto, haremos.